lunes, 13 de junio de 2011

YHWH.

Todos los sueños que me levantaron de la comodidad de la cama. Mis llamados en el despertar dentro del sueño.
Voy a caminar hasta el otro lado, a ver si esta vez logro cruzar la habitación. Y ahora espero no verte, no verte más.
Pero ya veo, estás ahí.


Un gran viento atravesó el bosque oscuro de verde temor. Una y otra vez dobló los árboles hasta oírlos gemir, retorciose en una danza bruta hasta arremolinar las hojas aún llenas de vida. Y la habitación crujió acongojándose con cierta melancolía, llamando. En estas sábanas eternas, maternales, lechosas, he encontrado el despertar, hoy como otras veces. Y mi cuerpo es pequeño, mis manos torpes, he vuelto a lo que fui, porque nunca dejé de serlo. No soy más que ingenuidad en un mundo que creí conocer. De mis pasos cortos, voy dando zancadas para alcanzar la otra entrada del hogar, para entrar en este espacio.
Por cada gota que cae, siento una puntada de dolor agobiante. Y cada puntada, es una yaga infinita por ti. Y no estás, no te puedo ver. Si empeño todas mis fuerzas en abrir esta puerta, podría agotarme por eternos años intentando encontrarte, mas no se abriría jamás. Ahora sé que cuando me de la vuelta, no volveré a mirar por sobre mi hombro, y sabré que la puerta está abierta y quizás estés en el suelo, esperando lo que sabes que no volverá.

Pero cómo habría de saberlo. Cómo podría saberlo. Estos son los dominios insondables del otro lado del espejo.