viernes, 12 de abril de 2013

Antoine II

Nada ha cambiado y sin embargo todo existe de otra manera. No puedo describirlo; es como la Náusea y sin embargo es precisamente lo contrario: al fin me sucede una aventura, y cuando me interrogo veo que me sucede que soy yo y que estoy aquí; soy yo quien hiende la noche; me siento feliz como un héroe de novela.

La Náusea, Jean-Paul Sartre.

domingo, 3 de marzo de 2013

Antoine.

Algo comienza para terminar: la aventura no admite añadidos; sólo cobra sentido con su muerte. Hacia esta muerte, que acaso sea también la mía, me veo arrastrado irremisiblemente. Cada instante aparece para traer los siguientes. Me aferro a cada instante con toda el alma; sé que es único, irreemplazable, y sin embargo, no movería un dedo para impedir su aniquilación.
(...)
Me inclino sobre cada segundo, trato de agotarlo; no dejo nada sin captar, sin fijar para siempre en mí, nada, ni la ternura fugitiva de esos hermosos ojos, ni los ruidos de la calle, ni la falsa claridad del alba; y sin embargo, el minuto transcurre y no lo retengo; me gusta que pase.
Y entonces de pronto algo se rompe. La aventura ha terminado, el tiempo recobra su blandura cotidiana. Me vuelvo; detrás de mí, la hermosa forma melódica se hunde entera en el pasado. Disminuye; al declinar se contrae, ahora el fin y el comienzo son una sola cosa. Al seguir con los ojos ese punto de oro, pienso que —aunque hubiese estado a punto de morir, de perder una fortuna, un amigo— aceptaría revivirlo todo, en las mismas circunstancias, de cabo a rabo. Pero una aventura no se empieza de nuevo ni se prolonga.

La Náusea, Jean-Paul Sartre.

martes, 26 de febrero de 2013

Un paso.

Es la caverna, el vacío moral de una generación con metas, pero sin valores, un país en que lejos de haber verdad, hay sólo imágenes, sombras de la realidad, y donde a nadie le importa nada.
Todo, debido a que su célula primigenia -la persona humana- no cumple la sentencia de Delfos de conocerse a sí mismo. De ahí a la baja autoestima, hay un paso, y del desprecio a sí mismo, al desamor, la depre y el suicidio, otro. El esclavo resiente su condición.
Por eso el eximio, el que tuvo el privilegio de escapar de la ignorancia, tiene por misión, no encerrarse en torre de marfil, sino liberar cautivos de la caverna.

Filosofía Clásica, Pablo Huneeus.

martes, 12 de febrero de 2013

F.

Es ese momento. Los lunares en tu espalda.
No me voy a aparecer por un rato.

lunes, 28 de enero de 2013

Raskolnikov III

—¿Qué hacer? Hay que romper lo que debe ser roto, de una vez para siempre; eso es todo, y tomar el sufrimiento sobre uno mismo. ¡Qué! ¿No comprendes? Ya comprenderás más tarde. ¡La libertad y el poder, ante todo el poder! ¡Dominar sobre todas las criaturas temblorosas, y sobre todo el hormiguero! Ése es el fin, recuérdalo. Éste es mi viático para ti. Tal vez te hable ahora por última vez. Si no vengo mañana lo sabrás todo por ti misma, y entonces, acuérdate de mis palabras. Y más tarde, con el tiempo, dentro de un año, acaso comprendas lo que significaban.

Crimen y Castigo, F. M. Dostoievski

domingo, 20 de enero de 2013

Raskolnikov II

El dolor es obligatorio para las conciencias amplias y los corazones profundos. Los hombres verdaderamente grandes deben, al parecer, experimentar en la tierra una gran tristeza —agregó con un acento que no estaba en el tono de la conversación.

Levantó los ojos, miró a sus interlocutores con un aire pensativo y soñador y tomó su gorro. Estaba muy tranquilo, en comparación con la forma en que había entrado allí, y se daba cuenta de ello. Todos se levantaron.

Crimen y Castigo, F. M. Dostoievski

viernes, 4 de enero de 2013

Raskolnikov.

Se torturaba con este doloroso interrogatorio, experimentando con ello una especie de voluptuosidad. Esas preguntas no eran nuevas para él; nada tenían de inesperado. Hacía tiempo que esas reflexiones veníanse acumulando hasta el punto de revestir la forma de una pregunta terrible, fantástica y salvaje que le quemaba el cerebro y el espíritu, exigiendo una respuesta que él no era capaz de encontrar. En aquel instante la carta de su madre heríale como un rayo. No era aquél el momento de lamentarse, de sufrir pasivamente, después de haberse demostrado que sus problemas no tenían solución; era preciso intentar alguna cosa, pero en seguida, a la brevedad posible, a cualquier precio; urgía adoptar una resolución.

"¡O renunciar a la vida! —exclamó con violencia—, aceptando el destino tal cual es, de una vez por todas, y ahora dentro de mí, abdicar del derecho de hacer, de vivir, de amar! ¿Comprede usted, señor, lo que significa no saber a dónde ir?" —dijo de pronto, recordando la pregunta formulada la víspera por Marmeladov.

 Crimen y Castigo, F. M. Dostoievski.