Corría veloz. Iba a tal velocidad que era casi imperceptible. Esquivaba
árboles, raíces, insectos y cuanto hubiera por delante. Su cuerpo se tensaba en
cada movimiento y parecía deformarse en cada brinco.
Tras de sí, una inmensa oscuridad venía acechándole, cubriendo grandes
espacios, y todo cuanto se veía inmerso en ella desaparecía por completo, para
siempre.
En su huída, el animal parecía agotarse poco a poco, su cuerpo pesado ya no
parecía flotar, los jadeos eran profundos y violentos. Se dejó caer. Miró al
cielo, las copas de los árboles se movían suavemente. Cayó una lágrima y
durmió.
Un zorro se acercó al cuerpo caído. Curioso, el zorro le examinó en detalle
sin aproximarse demasiado. Cuando por fin decidió acercarse, el animal caído
abrió los ojos. Se miraron un momento. El animal se levantó.
- ¿Qué eres? -preguntó el zorro.
- Yo...
Y el animal pareció mirar a su alrededor buscando respuesta. Se miró a sí
mismo y su cuerpo parecía diferente al del zorro curioso. El zorro expectante
notó la confusión del animal.
-Nunca había visto un animal como tú -dijo el zorro con una extraña
expresión-, por lo que no me extraña que no sepas qué eres.
El animal perplejo, se ofendió con los dichos del zorro, pero pronto
comprendió que tampoco había visto un animal como si mismo. De hecho, nunca
había visto su propio reflejo.
- ¿Hay algún lago cerca? -consultó el animal.
Su voz era temblorosa, de tono bajo y parecía hablar hacia dentro, para
luego salir en una especie de eco. El zorro miraba la criatura frente a sí, sin
lograr comprender semejante aparición.
- Hay uno al norte.
Emprendieron el camino lentamente. El bosque parecía apretarse a cada paso.
Las raíces crecían de un momento a otro, las ramas crujían, pesadas hojas caían
sobre los animales.
Ciertamente, el zorro no conocía un lago que quedara al norte, sino un
riachuelo al oeste, sin embargo, el embustero animal sólo quería saber qué era
aquel ser caminando junto a él.
- ¿Llevas cosas? -preguntó el zorro con suave voz.
El animal a su lado lo miró extrañado y siguió caminando. El zorro notó que
su pregunta era tonta y descuidada.
- Si llevas cosas, te puedo ayudar. Sólo veo tu lado derecho, quizás del
otro lado llevas una bolsa. Yo te puedo ayudar -dijo sonriendo-. O puedo mirar
tu lado izquierdo y saberlo.
- No llevo nada con lo que puedas ayudarme, zorro.
El zorro se intimidó de pronto al escuchar su nombre y bajó la cabeza.
Aunque la respuesta del animal sí delataba, según el zorro, que llevaba algo que
guardaba con recelo. La curiosidad del zorro se prendía rápidamente.
- Sabes, en esta parte del bosque, los árboles se estrechan mucho y lo mejor
es que vayas tú adelante y yo tras de ti -el zorro se puso tras el animal,
añadiendo:- Vamos.
El animal se dio la vuelta delatando su lado izquierdo y unos extraños ojos
aparecieron de su cuerpo, para mirar fríamente al zorro.
- No llevo nada con lo que puedas ayudarme. Zorro.
El zorro retrocedió a brincos exclamando:
- ¡¿Qué eres, eh?!
- Yo-...yo quiero que me lleves al lago.
- No hay ningún lago. Sólo un riachuelo al oeste.
El animal dio la vuelta y siguió el camino hacia el norte.
- ¡Hey! Te he dicho que no hay ningún lago.
- Me mentiste, zorro. Y no he de confiar en ti de nuevo. Ahora lárgate, no
eres más que un ratero.
El zorro corrió hasta quedar frente al animal.
- Te prometo que esta vez no miento. Sólo... sólo tengo curiosidad.
Los animales se quedaron en silencio por una eternidad. Hasta que juntos caminaron
hacia el oeste. El camino se abría poco a poco dando paso a un sendero y al
hermoso ruido de aves. Terminaba de abrirse por completo para dar paso a un
brillante riachuelo.
- No te he mentido esta vez -dijo por fin el zorro-. Debes de darme algo a
recompensa.
- Acércate conmigo al borde.
El zorro dudó. Temía que esta vez él fuera el engañado y terminara río abajo
arrastrado por la corriente.
- No has de engañarme. ¡Eres un espíritu del bosque, no caeré al río!
Y tomando impulso, el zorro se abalanzó sobre el animal, pero siendo éste
infinitamente más rápido, el zorro cayó de bruces en un fuerte golpe. El zorro
aturdido, se levantó para atacar y caer nuevamente. Así pasaron unos minutos
hasta que el cuerpo del mentiroso animal quedó débil.
- ¡Entrégame tu tesoro! -exigió desde el suelo.
El animal, mirándolo desde arriba, se acercó a la orilla del riachuelo y vio
su reflejo claro. Se volvió al zorro y dijo:
- No soy nada que hayas visto, y nada que has de ver. Ahora arrástrate a tu
bosque oscuro, animal ratero y mentiroso. Porque yo soy lo que siempre he sido
y ese es mi tesoro.
El animal se elevó al cielo y el zorro arrastrándose lo vio irse donde él
jamás habría de llegar.
jueves, 28 de junio de 2012
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