viernes, 2 de septiembre de 2011

Yo he visto un pájaro verde.

Prestidigitador se ha despertado hoy mirando al techo, viendo en su reflejo al mismo bicho extraño. Ha descendido por las escaleras, saludando a la misma bola saltarina, con la misma cara perpleja. Se sienta en el mismo café, a beber el mismo brebaje endemoniado. Mira a través de la ventana para ver los mismos prestidigitadores de siempre. "Todo siente el apretón en el cuello", escribe, como todos los días. Prestidigitador usa guantes de cuero que nunca se quita. Ulula por la ciudad amarillenta presa en palomino. Saluda al doctor, saluda a su amigo. Saluda a K., al gato, a Eleonora, al extranjero, al enfermo, el suicida, la madre, "¿cómo está?", la bola de nuevo, el enfermo con su libro, la peste, el cuervo, al eclesiástico y vomita tras virar la próxima esquina.
Hasta cuándo penderá amenazante aquel octaedro negro infinito ante el sol. Su sombra aterradora ha vuelto las mentes normales, cuando todo se ha vuelto común. Prestidigitador conoce la raíz desde donde nace el hilo que sostiene al horrible sólido. Conoce al ave al final, y como todos los días va a visitarla para oírle repetir las mismas pérfidas palabras a las cuales responde caballerosamente, "Servidor de usted".
Sin embargo Prestidigitador no sospechaba por segundo alguno, semejante temor como el que acaba de erizarle la nuca al hallar al infame pájaro tirado en el suelo, fuera de su impecable pedestal de madera barnizada. Frío, duro, de ojos secos y las patas tiesas. Prestidigitador ha quedado entumecido de pavor y así se ha quedado por horas. Me quedaré unas horas más por si mueve al fin la boca para clamar con brillante elegancia "¿La señorita Ignacia, si me hace el favor?".

Para yo responderle con vigoroso entusiasmo "Servidora de usted".