Es la advertencia de la apariencia. Todo ser pretende ser, para ocultar su dolor.
Y cuando pierdes la fe en ti mismo, pierdes cualquier tipo de esperanza.
Y cuando pierdes la fe en ti mismo, pierdes cualquier tipo de esperanza.
La tarde de sol escondido entre las ramas del cerezo.
Fue ahí donde sonreí junto a las amargas lágrimas que derramé por ti. Comencé a entender lo evidente.
Tuvo el sol ese cierto efecto -algo extraño- de devolverme el orgullo que tan enterrado había dejado desde que decidí establecerme bajo tu sombra. Y me hizo entender también que me había preocupado tanto por el daño que me hacías, que me descuidé del daño que yo misma me provocaba.
Me explicó también que el amor no es tan complicado como yo lo estaba viendo, y que nuestra relación se había vuelto una batalla en mi interior. "Pero las relaciones son de a dos... no es sólo mi culpa", me excusé, osada. Y él me respondió preguntándome qué hacía yo preocupada de débiles, de menores, de falencias y de idiomas.
Insuperable, siempre fui y me cegué por impresiones. Y otra vez, sonreí junto a las amargas lágrimas.
Ahora lejos, en casa, siento que no hay más daño por hacer. Extraño extrañarte. Y odio asumir que te quiero aún, que no te quiero lejos, que me encanta tu sombra y tu piel, que nunca te lo dije...
... que ahora me arrepiento de no haberte dicho nunca que te quería tanto.