Se volvieron amantes de la tierra y los tiernos campos de trigo. Caminaron un poco, avanzaron. Fue entonces, que soltaron sus manos y él se quedó ahí, varado. Ella corrió, lejos, corrió mirándolo. A los pocos días se detuvo, intentó volver y no era él quien estaba mirandola a lo lejos. Era sólo el recuerdo de lo que había sido algún día. En el camino encontró algunos árboles ofreciendole su sombra. Sombras siniestras.
De vez en cuando, se volvía a ver si volvía el recuerdo. Un día lo vio, ya muy lejos abrazando una ilusión de árbol. Él se quedó varado, amante de su ilusión. Ella descubrió un prado verde, un par de flores, algunos árboles. Las sonrisas, la felicidad, las lágrimas, el amor. Quizás.
sábado, 4 de abril de 2009
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