Crimen y Castigo, F. M. Dostoievski
lunes, 28 de enero de 2013
Raskolnikov III
—¿Qué hacer? Hay que romper lo que debe ser roto, de una vez para siempre; eso es todo, y tomar el sufrimiento sobre uno mismo. ¡Qué! ¿No comprendes? Ya comprenderás más tarde. ¡La libertad y el poder, ante todo el poder! ¡Dominar sobre todas las criaturas temblorosas, y sobre todo el hormiguero! Ése es el fin, recuérdalo. Éste es mi viático para ti. Tal vez te hable ahora por última vez. Si no vengo mañana lo sabrás todo por ti misma, y entonces, acuérdate de mis palabras. Y más tarde, con el tiempo, dentro de un año, acaso comprendas lo que significaban.
domingo, 20 de enero de 2013
Raskolnikov II
El dolor es obligatorio para las conciencias amplias y los corazones profundos. Los hombres verdaderamente grandes deben, al parecer, experimentar en la tierra una gran tristeza —agregó con un acento que no estaba en el tono de la conversación.
Levantó los ojos, miró a sus interlocutores con un aire pensativo y soñador y tomó su gorro. Estaba muy tranquilo, en comparación con la forma en que había entrado allí, y se daba cuenta de ello. Todos se levantaron.
Levantó los ojos, miró a sus interlocutores con un aire pensativo y soñador y tomó su gorro. Estaba muy tranquilo, en comparación con la forma en que había entrado allí, y se daba cuenta de ello. Todos se levantaron.
Crimen y Castigo, F. M. Dostoievski
viernes, 4 de enero de 2013
Raskolnikov.
Se torturaba con este doloroso interrogatorio, experimentando con ello una especie de voluptuosidad. Esas preguntas no eran nuevas para él; nada tenían de inesperado. Hacía tiempo que esas reflexiones veníanse acumulando hasta el punto de revestir la forma de una pregunta terrible, fantástica y salvaje que le quemaba el cerebro y el espíritu, exigiendo una respuesta que él no era capaz de encontrar. En aquel instante la carta de su madre heríale como un rayo. No era aquél el momento de lamentarse, de sufrir pasivamente, después de haberse demostrado que sus problemas no tenían solución; era preciso intentar alguna cosa, pero en seguida, a la brevedad posible, a cualquier precio; urgía adoptar una resolución.
"¡O renunciar a la vida! —exclamó con violencia—, aceptando el destino tal cual es, de una vez por todas, y ahora dentro de mí, abdicar del derecho de hacer, de vivir, de amar! ¿Comprede usted, señor, lo que significa no saber a dónde ir?" —dijo de pronto, recordando la pregunta formulada la víspera por Marmeladov.
"¡O renunciar a la vida! —exclamó con violencia—, aceptando el destino tal cual es, de una vez por todas, y ahora dentro de mí, abdicar del derecho de hacer, de vivir, de amar! ¿Comprede usted, señor, lo que significa no saber a dónde ir?" —dijo de pronto, recordando la pregunta formulada la víspera por Marmeladov.
Crimen y Castigo, F. M. Dostoievski.
martes, 23 de octubre de 2012
La Muerte de Sócrates.
Y, dirigiéndose después a nosotros, agregó:
—¡Qué hombre tan amable! Durante todo el tiempo que he pasado aquí vino a verme, charló de vez en cuando conmigo y fue el mejor de los hombres. Y ahora ¡qué noblemente me llora! Así que, hagámosle caso, Critón, y que traiga alguno el veneno, si es que está triturado. Y si no, que lo triture nuestro hombre.
—Pero, Sócrates —le dijo Critón—, el sol, según creo, está todavía sobre las montañas y aún no se ha puesto. Y me consta, además, que ha habido otros que lo han tomado mucho después de haberles sido comunicada la orden y tras haber comido y bebido a placer, y algunos, incluso, tras haber tenido contacto con aquellos que deseaban. Ea, pues, no te apresures, que todavía hay tiempo.
—Es natural que obren así, Critón —repuso Sócrates—, ésos que tú dices, pues creen sacar provecho al hacer eso. Pero también es natural que yo no lo haga, porque no creo que saque otro provecho, al beberlo un poco después, que el de incurrir en ridículo conmigo mismo, mostrándome ansioso y avaro de la vida cuando ya no me queda ni una brizna. Anda, obedéceme —terminó— y haz como te digo.
Al oírle, Critón hizo una señal con la cabeza a un esclavo que estaba a su lado. Salió éste y, después de un largo rato, regresó con el que debía darle el veneno, que traía triturado en una copa. Al verle, Sócrates le preguntó:
—Y bien, buen hombre, tú que entiendes de estas cosas, ¿qué debo hacer?
—Nada más que beberlo y pasearte —le respondió— hasta que se te pongan las piernas pesadas, y luego tumbarte. Así hará su efecto.
Y, a la vez que dijo esto, tendió la copa a Sócrates.
Tomola éste con gran tranquilidad, sin el más leve temblor y sin alterarse en lo más mínimo ni en su color ni en su semblante, miró al individuo de frente, según tenía por costumbre, y le dijo:
—¿Qué dices de esta bebida con respecto a hacer una libación a alguna divinidad? ¿Se puede o no?
—Tan sólo trituramos, Sócrates —le respondió—, la cantidad que juzgamos precisa para beber.
—Me doy cuenta —contestó—. Pero al menos es posible, y también se debe, suplicar a los dioses que resulte feliz mi emigración de aquí a allá. Esto es lo que suplico: ¡que así sea!
Y después de decir estas palabras, lo bebió, conteniendo la respiración, sin repugnancia y sin dificultad.
Hasta este momento la mayor parte de nosotros fue bastante capaz de contener el llanto; pero cuando le vimos beber y cómo lo había bebido, ya no pudimos contenernos. A mí también, y contra mi voluntad, caíanme las lágrimas a raudales, de tal manera que, cubriéndome el rostro, lloré por mí mismo, pues ciertamente no era por aquél por quien lloraba, sino por mi propia desventura, al haber sido privado de tal amigo. Critón, como aun antes que yo no había sido capaz de contener las lágrimas, se había levantado. Y Apolodoro, que ya con anterioridad no había cesado un momento de llorar, rompió a gemir entonces, entre lágrimas y demostraciones de indignación, de tal forma que no hubo nadie de los presentes, con excepción del propio Sócrates, a quien no conmoviera.
Pero entonces nos dijo:
—¿Qué hacéis, hombres extraños? Si mandé afuera a las mujeres fue por esto en especial, para que no importunasen de ese modo, pues tengo oído que se debe morir entre palabras de buen augurio. Ea, pues, estad tranquilos y mostraos fuertes.
Y, al oírle nosotros, sentimos vergüenza y contuvimos el llanto. Él, por su parte, después de haberse paseado, cuando dijo que se le ponían pesadas las piernas, se acostó boca arriba, pues así se lo había aconsejado el hombre. Al mismo tiempo, el que le había dado el veneno le cogió los pies y las piernas y se los observaba a intervalos. Luego, le apretó fuertemente el pie y le preguntó si lo sentía. Sócrates dijo que no. A continuación hizo lo mismo con las piernas y, yendo subiendo de este modo, nos mostró que se iba enfriando y quedándose rígido. Y siguiole tocando y nos dijo que cuando le llegara al corazón se moriría.
Tenía ya casi fría la región del vientre cuando, descubriendo su rostro —pues se lo había cubierto—, dijo éstas, que fueron sus últimas palabras:
—Oh, Critón, debemos un gallo a Asclepio. Pagad la deuda y no la paséis por alto.
—Descuida, que así se hará —le respondió Critón—. Mira si tienes que decir algo más.
A esta pregunta de Critón ya no contestó, sino que, al cabo de un rato, tuvo un estremecimiento y el hombre le descubrió: tenía la mirada inmóvil. Al verlo, Critón le cerró la boca y los ojos.
Así fue el fin de nuestro amigo, de un varón que, como podríamos afirmar, fue el mejor, a más de ser el más sensato y justo de los hombres de su tiempo que tratamos.
(Platón, Fedón, 114e—118a)
jueves, 28 de junio de 2012
Soy.
Corría veloz. Iba a tal velocidad que era casi imperceptible. Esquivaba
árboles, raíces, insectos y cuanto hubiera por delante. Su cuerpo se tensaba en
cada movimiento y parecía deformarse en cada brinco.
Tras de sí, una inmensa oscuridad venía acechándole, cubriendo grandes espacios, y todo cuanto se veía inmerso en ella desaparecía por completo, para siempre.
En su huída, el animal parecía agotarse poco a poco, su cuerpo pesado ya no parecía flotar, los jadeos eran profundos y violentos. Se dejó caer. Miró al cielo, las copas de los árboles se movían suavemente. Cayó una lágrima y durmió.
Un zorro se acercó al cuerpo caído. Curioso, el zorro le examinó en detalle sin aproximarse demasiado. Cuando por fin decidió acercarse, el animal caído abrió los ojos. Se miraron un momento. El animal se levantó.
- ¿Qué eres? -preguntó el zorro.
- Yo...
Y el animal pareció mirar a su alrededor buscando respuesta. Se miró a sí mismo y su cuerpo parecía diferente al del zorro curioso. El zorro expectante notó la confusión del animal.
-Nunca había visto un animal como tú -dijo el zorro con una extraña expresión-, por lo que no me extraña que no sepas qué eres.
El animal perplejo, se ofendió con los dichos del zorro, pero pronto comprendió que tampoco había visto un animal como si mismo. De hecho, nunca había visto su propio reflejo.
- ¿Hay algún lago cerca? -consultó el animal.
Su voz era temblorosa, de tono bajo y parecía hablar hacia dentro, para luego salir en una especie de eco. El zorro miraba la criatura frente a sí, sin lograr comprender semejante aparición.
- Hay uno al norte.
Emprendieron el camino lentamente. El bosque parecía apretarse a cada paso. Las raíces crecían de un momento a otro, las ramas crujían, pesadas hojas caían sobre los animales.
Ciertamente, el zorro no conocía un lago que quedara al norte, sino un riachuelo al oeste, sin embargo, el embustero animal sólo quería saber qué era aquel ser caminando junto a él.
- ¿Llevas cosas? -preguntó el zorro con suave voz.
El animal a su lado lo miró extrañado y siguió caminando. El zorro notó que su pregunta era tonta y descuidada.
- Si llevas cosas, te puedo ayudar. Sólo veo tu lado derecho, quizás del otro lado llevas una bolsa. Yo te puedo ayudar -dijo sonriendo-. O puedo mirar tu lado izquierdo y saberlo.
- No llevo nada con lo que puedas ayudarme, zorro.
El zorro se intimidó de pronto al escuchar su nombre y bajó la cabeza. Aunque la respuesta del animal sí delataba, según el zorro, que llevaba algo que guardaba con recelo. La curiosidad del zorro se prendía rápidamente.
- Sabes, en esta parte del bosque, los árboles se estrechan mucho y lo mejor es que vayas tú adelante y yo tras de ti -el zorro se puso tras el animal, añadiendo:- Vamos.
El animal se dio la vuelta delatando su lado izquierdo y unos extraños ojos aparecieron de su cuerpo, para mirar fríamente al zorro.
- No llevo nada con lo que puedas ayudarme. Zorro.
El zorro retrocedió a brincos exclamando:
- ¡¿Qué eres, eh?!
- Yo-...yo quiero que me lleves al lago.
- No hay ningún lago. Sólo un riachuelo al oeste.
El animal dio la vuelta y siguió el camino hacia el norte.
- ¡Hey! Te he dicho que no hay ningún lago.
- Me mentiste, zorro. Y no he de confiar en ti de nuevo. Ahora lárgate, no eres más que un ratero.
El zorro corrió hasta quedar frente al animal.
- Te prometo que esta vez no miento. Sólo... sólo tengo curiosidad.
Los animales se quedaron en silencio por una eternidad. Hasta que juntos caminaron hacia el oeste. El camino se abría poco a poco dando paso a un sendero y al hermoso ruido de aves. Terminaba de abrirse por completo para dar paso a un brillante riachuelo.
- No te he mentido esta vez -dijo por fin el zorro-. Debes de darme algo a recompensa.
- Acércate conmigo al borde.
El zorro dudó. Temía que esta vez él fuera el engañado y terminara río abajo arrastrado por la corriente.
- No has de engañarme. ¡Eres un espíritu del bosque, no caeré al río!
Y tomando impulso, el zorro se abalanzó sobre el animal, pero siendo éste infinitamente más rápido, el zorro cayó de bruces en un fuerte golpe. El zorro aturdido, se levantó para atacar y caer nuevamente. Así pasaron unos minutos hasta que el cuerpo del mentiroso animal quedó débil.
- ¡Entrégame tu tesoro! -exigió desde el suelo.
El animal, mirándolo desde arriba, se acercó a la orilla del riachuelo y vio su reflejo claro. Se volvió al zorro y dijo:
- No soy nada que hayas visto, y nada que has de ver. Ahora arrástrate a tu bosque oscuro, animal ratero y mentiroso. Porque yo soy lo que siempre he sido y ese es mi tesoro.
El animal se elevó al cielo y el zorro arrastrándose lo vio irse donde él jamás habría de llegar.
Tras de sí, una inmensa oscuridad venía acechándole, cubriendo grandes espacios, y todo cuanto se veía inmerso en ella desaparecía por completo, para siempre.
En su huída, el animal parecía agotarse poco a poco, su cuerpo pesado ya no parecía flotar, los jadeos eran profundos y violentos. Se dejó caer. Miró al cielo, las copas de los árboles se movían suavemente. Cayó una lágrima y durmió.
Un zorro se acercó al cuerpo caído. Curioso, el zorro le examinó en detalle sin aproximarse demasiado. Cuando por fin decidió acercarse, el animal caído abrió los ojos. Se miraron un momento. El animal se levantó.
- ¿Qué eres? -preguntó el zorro.
- Yo...
Y el animal pareció mirar a su alrededor buscando respuesta. Se miró a sí mismo y su cuerpo parecía diferente al del zorro curioso. El zorro expectante notó la confusión del animal.
-Nunca había visto un animal como tú -dijo el zorro con una extraña expresión-, por lo que no me extraña que no sepas qué eres.
El animal perplejo, se ofendió con los dichos del zorro, pero pronto comprendió que tampoco había visto un animal como si mismo. De hecho, nunca había visto su propio reflejo.
- ¿Hay algún lago cerca? -consultó el animal.
Su voz era temblorosa, de tono bajo y parecía hablar hacia dentro, para luego salir en una especie de eco. El zorro miraba la criatura frente a sí, sin lograr comprender semejante aparición.
- Hay uno al norte.
Emprendieron el camino lentamente. El bosque parecía apretarse a cada paso. Las raíces crecían de un momento a otro, las ramas crujían, pesadas hojas caían sobre los animales.
Ciertamente, el zorro no conocía un lago que quedara al norte, sino un riachuelo al oeste, sin embargo, el embustero animal sólo quería saber qué era aquel ser caminando junto a él.
- ¿Llevas cosas? -preguntó el zorro con suave voz.
El animal a su lado lo miró extrañado y siguió caminando. El zorro notó que su pregunta era tonta y descuidada.
- Si llevas cosas, te puedo ayudar. Sólo veo tu lado derecho, quizás del otro lado llevas una bolsa. Yo te puedo ayudar -dijo sonriendo-. O puedo mirar tu lado izquierdo y saberlo.
- No llevo nada con lo que puedas ayudarme, zorro.
El zorro se intimidó de pronto al escuchar su nombre y bajó la cabeza. Aunque la respuesta del animal sí delataba, según el zorro, que llevaba algo que guardaba con recelo. La curiosidad del zorro se prendía rápidamente.
- Sabes, en esta parte del bosque, los árboles se estrechan mucho y lo mejor es que vayas tú adelante y yo tras de ti -el zorro se puso tras el animal, añadiendo:- Vamos.
El animal se dio la vuelta delatando su lado izquierdo y unos extraños ojos aparecieron de su cuerpo, para mirar fríamente al zorro.
- No llevo nada con lo que puedas ayudarme. Zorro.
El zorro retrocedió a brincos exclamando:
- ¡¿Qué eres, eh?!
- Yo-...yo quiero que me lleves al lago.
- No hay ningún lago. Sólo un riachuelo al oeste.
El animal dio la vuelta y siguió el camino hacia el norte.
- ¡Hey! Te he dicho que no hay ningún lago.
- Me mentiste, zorro. Y no he de confiar en ti de nuevo. Ahora lárgate, no eres más que un ratero.
El zorro corrió hasta quedar frente al animal.
- Te prometo que esta vez no miento. Sólo... sólo tengo curiosidad.
Los animales se quedaron en silencio por una eternidad. Hasta que juntos caminaron hacia el oeste. El camino se abría poco a poco dando paso a un sendero y al hermoso ruido de aves. Terminaba de abrirse por completo para dar paso a un brillante riachuelo.
- No te he mentido esta vez -dijo por fin el zorro-. Debes de darme algo a recompensa.
- Acércate conmigo al borde.
El zorro dudó. Temía que esta vez él fuera el engañado y terminara río abajo arrastrado por la corriente.
- No has de engañarme. ¡Eres un espíritu del bosque, no caeré al río!
Y tomando impulso, el zorro se abalanzó sobre el animal, pero siendo éste infinitamente más rápido, el zorro cayó de bruces en un fuerte golpe. El zorro aturdido, se levantó para atacar y caer nuevamente. Así pasaron unos minutos hasta que el cuerpo del mentiroso animal quedó débil.
- ¡Entrégame tu tesoro! -exigió desde el suelo.
El animal, mirándolo desde arriba, se acercó a la orilla del riachuelo y vio su reflejo claro. Se volvió al zorro y dijo:
- No soy nada que hayas visto, y nada que has de ver. Ahora arrástrate a tu bosque oscuro, animal ratero y mentiroso. Porque yo soy lo que siempre he sido y ese es mi tesoro.
El animal se elevó al cielo y el zorro arrastrándose lo vio irse donde él jamás habría de llegar.
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