Solos. Nos mirábamos sin vernos. Densa oscuridad absorbente nos cobijaba aquella noche que fuimos felices. No había recuerdos, ni remordimientos. Al fin éramos nosotros mismos realmente. Uno y uno.Fue entre el delirio que provocan estas situaciones, el aroma de nuestros cuerpos y la respiración agitada, que nos aventuramos en aquella osadía, la que en cierta forma nos parecía prohibida. Con el silencio mirándonos, comenzó.
Deslicé mi mano hasta tenerla bajo su pantalón y sentí el deseo mutuo. Los besos comenzaron a ser más rápidos y menos cuidadosos. Todo era calor. La ropa se fue y nuestros cuerpos desnudos se enlazaron formando un vaivén de movimientos. Entre las sábanas enredadas y la oscuridad, nos empujábamos, llenándonos de placer.
Una vez acabados, volvíamos una y otra vez, una y otra vez. Nada podía detener el amor que tan locos nos había vuelto.
Y entonces volvíamos. Una y otra vez, una y otra vez, hasta acabar.
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