jueves, 8 de diciembre de 2011

Uno.

Esa cálida noche, Prestidigitador corría a toda prisa por entre los oscuros y húmedos callejones, cuando de pronto se vio frente a frente con una estrella. El astro no pasaba del metro y medio de alto y tenía forma indefinida, aparentemente circular. Irradiaba una intensa luz blanca levemente azulada y levitaba a unos veinte centímetros del suelo adoquinado. Explotaba intensamente cortos haces, que en ocasiones se tornaban multicolores, que si se entrecerraban los ojos, esto se hacía más notorio. Prestidigitador se detuvo en seco frente a alucinante visión, sus ojos opacos parecían tener cierto brillo, como nunca antes. De pronto, al verlo fijamente durante unos segundos, parecía como si tuviera cierto toque de vida... algo en la mirada, algo en el color. Prestidigitador en su perfecto traje azul marino -casi negro- se mantuvo quieto en la misma posición durante exactos mil años. Al día mil uno, Prestidigitador pestañeó una vez para luego seguir moviendo la quijada. Abrió la boca a dos centímetros por segundo hasta llegar al minuto. Cerró los ojos cuanto pudo y lanzó un grito agonizante que unió los límites del plano de la tierra volviéndola circular. Los movimientos que nacían de su garganta se movieron rectos por los adoquines hasta derribar el muro al final de la ruta que Prestidigitador nunca pudo terminar, mientras corrió entre los callejones infinitos durante tres milenios.
Todas las barreras se habían terminado. Prestidigitador cerró la boca al mismo tiempo que abrió los ojos. La estrella lo había adelantado tanto que sólo una suave estela de luz había quedado en el camino. Prestidigitador emprendió nuevamente el trote en busca del próximo infinito que le aguardaba a la vuelta de la siguiente esquina para los próximos tres milenios.

sábado, 3 de diciembre de 2011

D.

Ha de llegar el momento en que la vida se reduzca a una brisa, una hoja que cae, la gota más pequeña de una cascada. Ha de llegar el momento en que has de estar más solo que nunca. Ha de llegar el momento en que el mundo ha de volverse en tu contra. Ha de llegar ese preciso momento, en que la vida pase sin que nadie se percate de ello.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Yo he visto un pájaro verde.

Prestidigitador se ha despertado hoy mirando al techo, viendo en su reflejo al mismo bicho extraño. Ha descendido por las escaleras, saludando a la misma bola saltarina, con la misma cara perpleja. Se sienta en el mismo café, a beber el mismo brebaje endemoniado. Mira a través de la ventana para ver los mismos prestidigitadores de siempre. "Todo siente el apretón en el cuello", escribe, como todos los días. Prestidigitador usa guantes de cuero que nunca se quita. Ulula por la ciudad amarillenta presa en palomino. Saluda al doctor, saluda a su amigo. Saluda a K., al gato, a Eleonora, al extranjero, al enfermo, el suicida, la madre, "¿cómo está?", la bola de nuevo, el enfermo con su libro, la peste, el cuervo, al eclesiástico y vomita tras virar la próxima esquina.
Hasta cuándo penderá amenazante aquel octaedro negro infinito ante el sol. Su sombra aterradora ha vuelto las mentes normales, cuando todo se ha vuelto común. Prestidigitador conoce la raíz desde donde nace el hilo que sostiene al horrible sólido. Conoce al ave al final, y como todos los días va a visitarla para oírle repetir las mismas pérfidas palabras a las cuales responde caballerosamente, "Servidor de usted".
Sin embargo Prestidigitador no sospechaba por segundo alguno, semejante temor como el que acaba de erizarle la nuca al hallar al infame pájaro tirado en el suelo, fuera de su impecable pedestal de madera barnizada. Frío, duro, de ojos secos y las patas tiesas. Prestidigitador ha quedado entumecido de pavor y así se ha quedado por horas. Me quedaré unas horas más por si mueve al fin la boca para clamar con brillante elegancia "¿La señorita Ignacia, si me hace el favor?".

Para yo responderle con vigoroso entusiasmo "Servidora de usted".

martes, 16 de agosto de 2011

Qué pena siente el alma.

Debe saber que hay dolor intenso, un sueño violento, también uno muy triste.
Debe saber que he tenido que huir, para contener tamaño derrumbe.
Me he deshecho en la arena, o quizá me he ahogado por lavar el cielo.
Debe saber que existe este sacrificio, que no es pretensión u orgullo.
Debe saber que me duele el alma, que tengo una herida profunda que no quiere cerrar.
Debe saber que un día verá que ha sido mejor mi sacrificio terrible, al dolor póstumo de la ignorancia.
Debe saber que me va matando.
Que no es justo este dolor.

No dejó tiempo para el tiempo, quizá mañana me arrepienta, pero de qué servirá ya...


domingo, 14 de agosto de 2011

Cielo.

Sin seguridad, puso el punto final. Le ató un hilo y se volvió uno más de los cientos de relatos colgantes de las ramas que rozaban el Cielo. Se acercaba la primavera y los relatos volverían a impregnarse del olor de la esperanza y la melancolía.
Cuántos relatos más han de pender.
Cuántos puntos finales más ha de plasmar hasta el eterno.